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UC-NRLF 










UBRARY 






EDGAÍ^ AüüAH POE 

77 



POEIVIAS 



COfl ISH PÍ^OIiOGO 



Hubén Darío 




EDITOR: 

CLAUDIO garcía 

S A R A N D I , 441 

1919 



POEMAS 



PEÑA Hnos.— Imp. 



EDGAH flüliñfí POE 



POEMAS 



COfl VH PÍ^OIiOGO 



traben Dapío 




EDITOR: 

CLAU DIO garcía 

SA R AN D i . 441 

919 



iH^^^o 



PEÓLOGO 

En una mañana fría y húmeda llegué por 
primera \Qz al inmenso país de los Estados 
Unidos. Iba el steamer despacio, y la sirena 
aullaba roncamente por temor de un choque. 
Quedaba atrás Fire Island con su erecto faro; 
estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos 
salió al paso el barco de sanidad. El ladrante 
slang yanqui sonaba por todas partes, bajo el 
pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, 
los pitos arromadizados, el humo de las chime- 
neas, el movimiento de las máquinas, las mis- 
mas ondas ventrudas de aquel mar estañado, 
el vapor que caminaba rumbo a la gran bahía, 
todo decía: all right. Entre las brumas se divi- 
saban islas y barcos. Long Island desarrollaba 
la inmensa cinta de sus costas, y Staten Island, 
como en el marco de una viñeta, se presentaba 
en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, 
por falta de sol, a la máquina fotográfica. Sobre 
cubierta se agrupan los pasajeros: el comer- 
ciante de gruesa panza, congestionado como 
un pavo, con encorvadas narices israelitas; el 
clergyman huesoso, enfundado en su largo le- 
vitón negro, cubierto con su ancho sombrero 
de fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la 
muchacha que usa gorra de jockey, y que duran- 



1442 



6 — 



te toda la travesía ha cantado con voz fono- 
gráñca, al son de nn banjo; el joven robusto, 
lampiño como un bebé, y que, aficionado al box, 
tiene los puños de tal modo, que bien pudiera 
des qui jarrar un rinoceronte de un solo impul- 
so .. . En los Narro ws se alcanza a ver la tierra 
pintoresca y ^'florida, las fortalezas. Luego, 
levantando sobre su cabeza la antorcha simbó- 
lica, queda a un lado la gigantesca Madona de 
la Libertad, que tiene por peana un islote. 
De mi alma brota entonces la salutación: 

«Á ti, prolifica, enorme, dominadora. A ti, 
Nuestra Señora de la Libertad. A ti, cuyas ma- 
mas de bronce aliniontan un sinnúmero de almag 
y corazones, A ti, que te alzas solitaria y mag- 
nifica sobre tu isla, levantando la divina antor- 
cha. Yo te saludo al paso de mi steamer, pros- 
temándome delante de tu majestad, i Ave: 
Good morning ! Yo sé, divino icono, ; oh, magna 
estatua !, que tu solo nombre, el de la excelsa 
beldad que encamas, ha hecho brotar estrellas 
sobre el mundo, a la manera del fiat del Señor. 
AUi están entre todas, brillantes sobre las listas 
de la bandera, las que iluminan el vuelo del 
águila de América, de esta tu América formi- 
dable, de ojos azules. Ave, Libertad, llena de 
fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. 
Pero, ^ sabes ?, se te ha herido mucho por el 
mundo, divinidadj manchando tu esplendor. 
Anda en la tierra otra que ha usurpado tu nom- 



7 — 



bre, y que, en vez de la antorcha, lleva la tea. 
Aquélla no es la Diana sagrada de las incom- 
parables fleclias: es Hécate. » 

Hecha nii salutación, mi vista contempla 
la masa enorme que está al frente, aquella tie- 
rra coronada de torres, aquella región de donde 
casi sentís que viene un soplo subyugador y 
terrible: Manhattan, la isla de hierro, ííueva 
York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, 
la tormentosa, la irresistible capital del cheque. 
Eodeada de islas menores, tiene cerca a Jersey; 
y agarrada a Brooklyn con la uña enorme del 
puente, Brooklyn, que tiene sobre el palpitante 
pecho de acero un ramillete de campanarios. 

Se cree oir la voz de ISíueva York, el eco de 
un vasto soliloquio de cifras. ¡ Cuan distinta de 
la voz de París, cuando uno cree escucharla, 
al acercarse, halagadora como una canción de 
amor, de poesía y de juventud ! Sobre el suelo 
de Manhattan parece que va a verse surgir de 
pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los 
pueblos todos a un inaudito remate, y que el 
ma-rtillo del rematador cae sobre cúpulas y 
techumbres produciendo un ensordecedor true- 
no metálico. Antes de entrar al corazón del 
monstruo, recuerdo la ciudad, que vio en el 
poema bárbaro el vidente Tliogorma: 

Tlwgorma dans ses ijeus vit inonter des muraüles 
de ier dont s'enroulaient des spirales des tours 



8 — 



et des p alais cerclés (Varain sur des blocs lonrds] 
ruche enorme, géhcnne aiix lúgubres entraiUes oú 
s'engouifraint les Forts, vrinces des anctens jours. 



Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, 
viven en sus torres de piedra, de hierro y de 
cristal, los hombres de Manhattan. 

En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resue- 
nan, braman, conmueven la Bolsa, la locomo- 
tora, la fragua, el banco, la impronta, el dock 
y la urna electoral. El edificio Produce Ex- 
change, entre sus muros de hierro y granito, 
reiíne tantas almas cuantas hacen un pueblo. . . 
He allí Broadway. Se experimenta casi una 
impresi n dolorosa; sentís el dominio del vc^rtigo. 
Por un gran canal, cuyos lados los forman 
casas monumentales que ostentan sus cien 
ojos de vidrio y sus tatuajes de rótulos, pasa 
un río caudaloso, confuso, de comerciantes, 
corredores, caballos, tranvías, ómnibus, liom- 
bI•es-sand^vichs vestidos de ^ nuncios y mu- 
je beesllísimas. Abarcando con la vista la 
inmensa arteria en su hervor continuo, llega 
a sentirse la angustia de ciertas ' pesadillas. 
Eeina la ^ida del hormiguero: un hormiguero 
de percherones gigantescos, de carros monstruo- 
sos, de toda clase de vehículos. El vendedor 
de periódicos, rosado y risueño, salta como un 



— 9 — 

gorrión, de tranvía en tranvía, y grita al pa- 
sajero / inianrsooonwoood /, lo qne quiere decir, 
si gustáis comprar cualquiera de esos tres diarios, 
el Evening Telegram, d Sun o el World. El 
ruido es marcador y se siente en el aiie una 
trepidación incesante; el repiqueteo de los cas- 
cos, el vuelo sonoro de las ruedas, parece a ca- 
da instante aumentarse. Teme ríase a cada mo- 
mento un choque, un fracaso, si no se conocie- 
se que este inmenso río que corre con una fuer- 
za de alud, lleva en sus ondas la exactitud de 
una máquina. En lo más intrincado de la mu- 
chedumbre, enlomas cr'nvulsivo y crespo de la 
ola en movimiento, sucede que una lady an- 
ciana, bajo su capota negra, o una nüss rubia, 
o una nodriza con su bebé, quiere pasar de una 
acera a otra. Un corpulento ])oliceman alza 
la mano; detiénese el torrente: pasa la dama; 
; all right ! 

«Esos cíclopes...», dice Groussac; «esos 
feroces calibanes. . . », escribe Peladan. ¿Tu- 
vo razón el raro Sar al llamar así a estos hom- 
bres de la América del ísorte ? Calibán reina 
en la isla de Manhattan, en Ban Francisco, en 
Boston, en Washington, en todo el país. Ha 
conseguido establecer el imperio de la materia 
desde su estado misterioso con Edison, hasta 
la apoteosis del puerco, en esa abrum.adora 
ciudad de Chicago. Calibán se satura de Tvishlxy, 
como en el drama de Shakespeare de vino; se 



— 10 — 

desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún 
Próspero, ni martirizado por ningim genio del 
airCy engorda y se mnltiplica. Su nombre e,s 
Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de 
entre esos poderosos monstruos algún ser de 
superior naturaleza, que tiende las alas a la 
eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán 
mueve contra él a Sicorax, y se le destierra o 
se le mata. Esto vio el mundo con Edgar Alian 
Poe, el cisne desdichado que mejor ba conocido 
el ensueño y la muerte . , . 

I Por qué vino tu imagen a mi memoria, 
Stella, alma, dulce reina mia, tan -presto ida 
para siempre, el día en que, después de reco- 
rrer el birviente Broadway, me puse a leer los 
versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, barmo- 
nioso y legendario, encierra tan vaga y triste 
poesía, y be visto desfilar la procesión de sus 
castas enamoradas a través del polvo de plata 
de un místico ensueño *? Es porque tu eres 
hermana de las liliales vírgenes, cantadas en 
brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz, 
príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas 
eres llama del infinito amor. Frente al balcón, 
vestido de rosas blancas, por donde en el Pa- 
raíso asoma tu faz de generosos y profundos 
ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una 
sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ; oh, mi 
ángel consolador; oh, mi esposa! La primera 
que pasa es Irene, la danxa brillante de palide?; 



— 11 — 

extraña, venida de allá, de los marea lejanos; 
la segunda es Eulalia, la dulce Eulalia, de ca- 
bellos de oro y ojos de violeta, que dirige al Cielo 
su mirada; la tercera es Leonora, llamada así 
por los ángeles, joven y radiosa en el Edén dia- 
tante; la otra es Francés, la amada que calma 
las penas con su recuerdo; la otra es Ulalume, 
cuya sombra yerra en la nebulosa región de 
Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra 
Helen, la que fué vista por la primera vez a la 
luz de perla de la Luna; la otra Amiie,la de los 
ósculos y las caricias y oraciones por el adorado; 
la otra Annabel Lee, que amó con nn amor 
envidia de los serafines del Cielo; la otra Isabel, 
la de los amantes coloquios en la claridad lunar; 
Ligeia, en fin, meditabunda, envuelta en un 
velo de extraterrestre esplendor.,. Ellas son, 
candido coro de ideales oceánidos, quienes con- 
suelan y enjugan la frente al lírico Prometeo 
amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, 
más cruel aún que el buitre esquiliano, sentado 
sobre el busto de Palas, tortura el corazón del 
desdichado, apuñaleándole con la monótona 
palabra de la desesperanza. Así tú para mí. 
En medio de los ma-rtirios de la vida, me re- 
frescas y alientas con el aire de tus alas, porque 
si partiste en tu forma humana al viaje sin re- 
torno, siento la venida de tu ser inmortal, 
cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor 
tiende hacia mí el negro arco. Entonces, Alma, 



— 12 — 

Stella, oigo sonar cerca de mi el oro invisible 
de tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y 
simbólico surge en el cielo de mis noches como 
un incomparable guia, y por claridad inefable 
llevo el incienso y la mirra a la cuna de la eterna 
Esperanza. 



EL HOMBEE 

La influencia de Poe en el arte universal ha 
sido suficientemente hojida y transcendente para 
que su nombre y su obra no sean a la continua 
recordados. Desde su muerte acá, no hay año 
casi en que, ya en el libro o en la revista, no 
se ocupen del excelso poeta americano, críticos, 
ensayistas y poetas. La obra de Ingram ilumi- 
nó la vida del hombre; nada puede aumentar 
la gloria del soñador maravilloso. Por cierto 
que la publicación de aquel libro, cuya traduc- 
ción a nuestra lengua hay que agradecer al 
Sr. Mayer, estaba destinada al gi'ueso público. 

¿ Es que en el número de los escogidos, de 
los aristócratas del espíritu, no estaba ya pesa- 
do en su propio valor, el odioso fárrago del ca- 
nino Griswold ■? La infame autopsia moral que 
se hizo del ilustre difunto debía tener esa bella 
protesta. Ha de ver ya el mundo libre de man- 
cha al cisne inmaculado. 



— 13 — 

Poe, como un Ariel hedió hombre, diiiase 
que lia pasado su vida bajo el flotante influjo 
de un extraño misterio. Nacido en un pais 
de vida práctica y material, la influencia del 
medio obra en él al contrario. De un país de 
cálculo brota imaginación tan estupenda. El 
don mitológico parece nacer en él por lejano 
atavismo, y vese en su poesía un claro rayo del 
país del sol y azul en que nacieron sus antepa- 
sados. Eenace en él el alma caballeresca de 
los Le Poer alabados en las crónicas de Gene- 
raido Gambresio. Amoldo Le Poer lanza en 
la Irlanda de 1327 este terrible insulto al caba- 
llero Mauricio de Desmond: « Bois un rimador.» 
Por lo cual se empuñan las espadas y se traba 
una riña, que es el prólogo de guerra san- 
grienta. 

Cinco siglos después, un descendiente del 
provocativo Amoldo, glorificará a su raza, 
erigiendo sobre el rico pedestal de la lengua 
inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de 
oro de sus rimas. 

El noble abolengo de Poe; ciertamente, no 
interesa sino a « aquellos que tienen gusto de 
averiguar los efectos producidos por el país 
y el linaje en las peculiaridades mentales y 
constitucionales de los hombres de genio » 
según las palabras de la noble Sra. Whitman. 
Por lo demás, es él quien hoy da valer y honra 
a todos los pastores protestantes, tenderos. 



— 14 — 

rentistas o mercachifles que llevan su apellido 
en la tierra del honorable padre de su patria 
Jorge Washington. 

Sábese que en el linaje del poeta hubo un 
bravo sir Rogerio, que batalló en compañía 
de Strongbow, un osado, sir Amoldo, que de- 
fendió a una lady^ acusada de bruja; una mujer 
heroica y viril, la célebre Condesa del tiempo de 
Cromwell; y pasado sobre enredos genealógicos 
antiguos, un General de los Estados Unidos, 
su abuelo. Después de todo, ese ser trágico, de 
historia tan extraña y romancesca, dio su primer 
vagido entre las coronas marchitas de una co- 
medianta, la cual le dio vida bajo el imperio 
del más ardiente amor. La pobre artista había 
quedado huérfana desde muy tierna edad* 
Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de 
esa dulce gracia nació el pálido y melancólico 
visionario que dio al arte un mundo nuevo. 

Poe nació con el envidiable don de la belleza 
corporal. De todos los retratos que he visto 
suyos, ninguno da idea de aquella especial 
hermosura que en descripciones han dejado 
muchas de las personas que le conocieron. No 
hay duda que en toda la iconografía poeana, 
el retrato que debe representarle mejor es el que 
sirvió a Mr. Clarke para publicar un grabado 
que copiaba al poeta en el tiempo en que éste 
trabajaba en la empresa de aquel caballero. 
El mismo Clarke protestó contra los falsos re- 



— 15 — 

tratos de Poe, que después de su muerte pu* 
blicaron. Si no tanto como los que calumniaron 
su hermosa alma poética, los que desfiguran 
la belleza de su rostro son dignos de la más 
justa censura. De todos los retratos que han lle- 
gado a mis manos, los que más me han llamado 
la atención son el de Chiffart, publicado en la 
edición ilustrada de Quantin, de los Cuentos 
extraordinarios, y el grabado por E. Loncup, 
para la traducción del libro de Ingram por 
Mayer. En ambos, Poe ha llegado ya a la edad 
madura. No es, por cierto, aquel gallardo jo- 
vencito sensitivo que al conocer a Elena Sta- 
nnard, quedó trémulo y síq voz como el Dante 
de la Vita Nuova. , . 

Es el hombre que ha sufrido ya, que conoce 
por sus propias desgarradas carnes cómo hieren 
las asperezas de la rida. En el primero, el ar- 
tista parece haber querido hacer una cabeza 
simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, 
en el aire, en la expresión trágica del rostro, 
Chiffart ha intentado pintar al autor del Cuervo, 
al visionario, al unhappy M áster, más que al 
hombre. En el segundo hay más realidad: 
esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa 
boca apretada, ese vago gesto de dolor y esa 
frente ancha y magnífica en donde se entro- 
nizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan 
al desgTaciado en sus días de mayor infortunio, 
quizá en los que precedieron a su muerte. Los 



— 16 — 

otros retratos, como el de Halpin para la edi- 
ción de Amstrong, nos dan ya tipos de leclm- 
guinos de la época, ya caras que nada tienen 
que ver con la cabeza bella e inteligente de qne 
habla Clark. ísada más cierto qne la observa- 
ción de Gantier: i 

« Es raro que nn poeta, dice, qne un artista 
sea conocido bajo su primer encantador aspec- 
to. La reputación no le viene, sino muy tarde, 
cuando ya las fatigas del estudio, la lucha por 
la vida y las torturas de las pasiones han al- 
terado su fisonomía primitiva; apenas deja 
sino una máscara usada, marchita, donde cada 
dolor ha puesto por estigma una magulladura 
o una arruga. » 

Desde niño, Poe « prometía una gran be- 
lleza. » 

Sus compañeros de colegio hablan de su agi- 
lidad y robustez. Su imaginación y su tempe- 
ramento nervioso estaban contrapesados por 
la fuerza de sus músculos. El amable y delicado 
ángel de poesía sabía dar excelentes puñetazos. 
Más tarde dirá de él una buena señora: « Era 
un muchacho bonito. i> 

Cuando entra a West Point hace notar en él 
un colega, Mr. Gibson, su <( mirada cansada, 
tediosa y hastiada. » Ya en su edad viril, re- 
cuérdale el bibliófilo Gowans: «Poe tenía un 
exterior notablemente agradable y que predis- 
ponía en su favor: lo que las damas llamarían 



- 17 ~ 

claramente bello. » Una persona que le oye recitar 
en Boston, dice: « Era la mejor realización 
de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» 
Un precioso retrato es liecho de mano femenina: 
« Una talla algo menos que de altura mediana, 
quizá, pero tan perfectamente proporcionada 
y coronada por una cabeza tan noble, llevada 
tan regiamente, que, a mi juicio de muchacba, 
causaba la impresión de una estatura dominante. 
Esos claros y melancólicos ojos parecían mirar 
desde una eminencia...... Otra dama re- 
cuerda la extraña impresión de sus ojos: « Los 
ojos de Poe, en verdad, eran el rasgo que más 
impresionaba, y era a ellos a los que su cara 
debía su atractivo peculiar. Jamás be visto 
otros ojos que en algo se le parecieran. Eran 
grandes, con pestañas largas y un negro de aza- 
bache: el iris acero gris, poseía una cristalina 
claridad y transparencia, a través de la cual la 
pupila negra azabache se veía expandirse y 
contraerse, con toda sombra de pensamiento 
o de emoción. Observé que los párpados jamás 
se contraían, como es tan usual en la mayor 
parte de las personas, principalmente cuando 
hablan; pero su mirada siempre era llena, abier- 
ta y sin encogimiento ni emoción. Su expresión 
habitual era soñadora y triste: algunas veces 
tenía un modo de dirigir una mirada ligera, 
de soslayo, sobre alguna persona que no le obser- 



- 18 - 

vaba a él, y, con una mirada tranquila y fija, 
parecía que mentalmente estaba midiendo el 
calibre de la persona que estaba ajena de ello. 
— ¡ Qué ojos tan tremendos tiene el señor Poe ! 
— ^me dijo una señora. Me bace helar la sangre 
el verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre 
mi cuando estoy hablando ». 

La misma agrega: « Usaba un bigote negro, 
esmeradamente cuidado, pero que no cubría 
completamente una expresen ligeramente con- 
traída de la boca y una tensión ocasional del 
labio superior, que se asemejaba a una expresión 
de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y 
se manifestaba por un movimiento del labio, 
apenas perceptible, y sin embargo, intensa- 
mente expresivo. 'No había en ella nada de 
malevolencia, pero sí mucho sarcasmo ». Sá- 
bese, pues, que aquella alma potente y extraña 
estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que 
la distinción y dotes físicas deberían ser nativas 
en todos los portadores de la lira. ¿ Apolo, el 
crinado numen lírico, no es el prototipo de la 
belleza viril ? Mas no todos sus hijos nacen 
con dote tan espléndido. Los privilegiados se 
llaman Goethe, Byrón, Lamartine, Poe. 

ííuestro poeta, por su organización vigorosa 
y cmltivada, pudo resistir esa terrible dolencia 
que un médico escritor llama con gran propie- 
dad « la enfermedad del ensueño ». Era un su- 
blime apasionado, un nervioso, uno de esos di- 



— 19 - 

vinos semilocos necesarios para el progreso 
humano, lamentables cristos del arte, que por 
amor al eterno ideal tienen su calle de la amar- 
gura, sus espinas y su cruz. Nació con la ado- 
rable llama de la poesía, y ella le alimentaba 
al propio tiempo que era su martirio. Desde 
niño quedó huérfano y le recogió un hombre 
que jamás podría conocer el valor intelectual 
de su hijo adoptivo. El Sr. Alian — cuyo nom- 
bre pasará al porvenir al brillo del nombre del 
poeta — jamás pudo imaginarse que el pobre 
muchacho recitador de versos que alegraba las 
veladas de su Jiome, fuese más tarde un egregio 
príncipe del Arte. En Poe reina el ensueño desde 
la niñez. Cuando el viaje de su protector le 
lleva a Londres, la escuela del dómine Bron- 
deby es para él como un lugar fantástico que 
despierta en su ser extrañas reminiscencias; 
después, en la fuerza de su genio, el recuerdo 
de aquella morada y del viejo profesor han de 
hacerle producir una de sus subyugadoras 
paginas. Por una parte, posee en su fuerte ce- 
rebro la facultad musical; por otra, la fuerza 
matemática. Su ensueño está poblado de qui- 
meras y de cifras como la carta de un astrólogo. 
Vuelto a América, vémosle en la escuela de 
Clarke, en Eichmond, en donde al mismo tiem- 
po que se nutre de clásicos y recita odas latinas, 
boxea y llega a ser algo como un champion 
estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás 



^20- 

a Atalanta, y aspiraba a los lauros natatorios 
de Byron. Pero si brilla y descuella intelectual 
y físicamente entre sus compañeros, los hijos 
de familia de la fofa aristrocracia del lugar mi- 
ran por encima del hombro al lujo de la cómica. 
I Cuánta no ha de haber sido la hiél que tuvo 
que devorar este ser exquisito, humillado por 
un origen del cual en días posteriores habría 
orgullosamente de gloriarse '^. Son esos prime- 
ros golpes los que empezaron a cincelar el pliegue 
amargo y sarcástico de sy-s labios. Desde muy 
temprano conoció las asechanzas del lobo ra- 
cional. Por eso buscaba la comunicación con la 
Naturaleza, tan sana y fortalecedora. « Odio, 
sobre todo, y detesto este animal que se llama 
Hombre», escribía Swift a Pope. Poe, a su vez, 
habla « de la mezquina amistad y de la fideli- 
dad de polvillo de fruta ( gossamer fidelity ) 
del mero hombre ». Ya en el libro de Job, Eli- 
pJiaz Themanita, exclama: << i Cuánto más el 
hombre abominable y vil que bebe como la 
inquietud ? ». 

No buscó el lírico americano el apoyo de la 
oración; no era creyente, o, al menos, su alma 
estaba alejada del misticismo. A lo cual da por 
razón James Eussell I^OAvell lo que podría lla- 
marse la matematicidad de su cerebración. 
pHasta su misterio es matemático para su pro- 
nio espíritu ». La Ciencia impide al poeta pe- 
<< etrar y tender las alas en la atmósfera de las 



— «Jl — 

verdades ideales. Su necesidad de análisis, la 
condición algebraica de sniantasia, hácele pro- 
ducir tristísimos efectos cuando nos arrastra al 
borde de lo desconocido. La especulación filo- 
sófica nubló en él la fe, que debiera poseer como 
todo poeta verdadero. En todas sus obras, si 
mal no recuerdo, sólo unas dos veces está es- 
crito el nombre de Cristo. Profesaba, si, 
la moral cristiana; y ^n cuanto a los destinos 
del hombre, creía en una ley divina, en un fallo 
inexorable. En él la ecuación dominaba a la 
creencia, y aún cu lo referente a Dios y sus tri- 
butos, pensaba con Spinosa que las cosas invi- 
sibles y todo lo que es objeto del entendúxiien- 
to no puede percibirse de otro modo que por 
los ojos de la demostración; olvidando la 
profunda afirmación filosófica: Intelectus nos- 
ter sic ¿ de Jiabet 9 ad prima entium quce sunt 
7nanifestissima in nattira^ sicut ocuhis vesper- 
tillwnís ad solcm. ís'o creía en lo sobrenatural, 
según confesión propia; pero afirmaba que Dios, 
como Creador de la Naturaleza, x^^ecle, si quie- 
re, modificarla. En la narración de la metem- 
psícosis de Ligeia hay una definición de Dios, 
tomada de Granwill, que parece ser sustentada 
por Poe: Dios no es más que una gran volun- 
tad que penetra todas las cosr.s por la natura- 
leza de su intensidad. Lo cual estaba ya dicho 
por Santo Tomás en estas palabras: << Si las 
cosas mismas no determinan el fin para si, por- 



— 22 — 

que desconocen la razón del fin. es necef?ario que 
se les determine el íin por otro que sea deter- 
nLÍnador de la ISIaturaleza. Este es el que pre- 
viene todas laB cosas, que es ser por sí mismo 
necesario, y a éste llamamos Dios...» En 
la Revelación Magnética^ a \Tielta de divaga- 
ciones filosóficas, Mr. Vankirk — que, como 
casi todos los XJersonajes de Poe, es Poe mismo — 
afirmaba existencia de un Dios material, al 
cual llama materia suprema e imparticulada. 
Pero agrega: « La materia imparticulada, o sea 
Dios en estado de reposo, es en lo que entra en 
nuestra comprensión, lo que los hombres llaman 
espíritu ». En el diálogo entre Oinos y Agathos 
pretende sondear el misterio de la divina inte- 
ligencia; asi como en los de Monos y TJna y de 
Eros y Cliarmion penetra en la desconocida 
sombra de la Muerte, i^roduciendo, como po- 
cos, extraños vislumbres en su concepción del 
espíritu en el espacio y en el tiempo. 

Rubén Darío. , 



POEMAS 

TEADUCCIÓN BE ALBERTO LASPLACES 



ANÍÍABEJL LEE 



Hace ya bastantes años, en un reino más 
allá de la mar vivía una niña que podéis co- 
nocer con el nombre de Annabel Lee. Esa ni- 
ña vivía sin ningún otro pensamiento que 
amarme y ser amada por mí. 

Yo era un niño y ella era una niña en ese 
reino más allá de la mar; pero Annabel Lee 
y yo nos amábamos con un amor que era más 
que el amor; un amor tan poderoso que los 
serafines del cielo nos envidiaban, a ella y a mí. 

Y esa fué la razón por la cual, hace ya bas- 
tante tiempo, en ese reino más allá de la mar 
un soplo descendió de una nube, y heló a mi 
bella Annabel Lee; de suerte que sus padres 
vinieron y se la llevaron lejos de mí para ence- 
rrarla en un sepulcro, en ese reino más allá de 
la mar. 

Los ángeles que en el cielo no se sentían ni 
la mitad de lo felices que éramos nosotros, nos 
envidiaban nuestra alegría a ella y a mí. He ahí 
porque ( como cada uno lo sabe en ese reino 
más allá de la mar ) un soplo descendió desde 



la noche de una nube, helando a mi Annabel 
Lee. 

Pero nuestro amor era más fuerte que el 
amor de aquellos que nos aventajan en edad 
y en saber, y ni los ángeles del cielo ni los de- 
monios de los abismos de la mar podrán sepa- 
rar jamás mi alma del alma de la bella Anna- 
bel Lee. 

Porque la luna jamás resplandece sin traer- 
me recuerdos de la bella Annabel Lee; y cuando 
las estrellas se levantan, creo ver brillar los 
ojos de la bella Annabel Lee; y así paso largas 
noches tendido al lado de mi querida, — 
mi querida, mi vida y mi compañera, — que 
está acostada en su sepulcro más allá de la mar, 
en su tumba, al borde de la mar quejumbrosa. 



1849 



A MI MABEE 

( Soneto ) 



Porque siento que allá arriba, en el cielo, los 
ángeles que se hablan dulcemente al oído, no 
pueden encontrar entre sus radiantes palabras 
de amor una expresión más ferviente que la de 
« madre » , he ahí por qué, desde hace largo 



tiempo os llamo con ese nombre querido, a ti 
que eres para mí más que una madre y que 
llenáis el santuario de mi corazón en el que la 
muerte os lia instalado, al libertar el alma de 
mi Virginia. IVIi madre, mi propia madre, que 
murió en buena hora, no era sino mi madre. 
Pero vos fuisteis la madre de aquella que qui- 
se tan tiernamente, y por eso mismo me sois 
más querida que la madre que conocí, más 
querida que todo, lo mismo que mi mujer era 
más amada por mi alma que lo que esta misma 
amaba su propia vida. 



PAEA ANOTE 



¡ Gracias a Dios ! la crisis, el mal ha pasado y 
la lánguida enfermedad ha desaparecido por 
fin, y la fiebre llamada «vivir» está vencida. 

Tristemente, sé que estoy desposeído de mi 
fuerza, y no muevo un músculo mientras estoy 
tendido, todo a lo largo. Pero, ^ qué importa ? 
Siento que voy mejor paulatinamente. 

Y reposo tan tranquilamente, en el presen- 
te, en mi lecho, que a contemplarme se me 



— 28 — 

creería muerto, y podría estremecer al que me 
viera, creyéndome muerto. 

Las lamentaciones y los gemidos, los suspi- 
ros y las lágrimas son apaciguadas entre tanto 
por esta horrible palpitación de mi corazón; 
; ah, esta horrible palpitación ! 

La incomodidad, — el disgusto — el cruel su- 
frimiento — ^han cesado con la fiebre que enlo- 
quecía mi cerebro, con la fiebre llamada « vi- 
vir » que consumía mi cerebro. 

Y de todos los tormentos, aquel que más 
tortura ha cesado: el terrible tormento de la 
sed por la corriente oscura de una pasión mal- 
dita. He bebido de im agua que apaga toda 
sed. 

He bebido de un agua que corre con sonido 
arrullador, de una fuente subterránea pero 
poco profunda, de una caverna que no está 
muy lejos, bajo tierra. 

¡ Ah ! que no sea dicho jamás: mi cuarto 
está obscuro, mi lecho es estrecho; porque 
jamás ningún hombre durmió en lecho igual 
— y para dormir verdaderamente, es en un 
lecho como éste en el que hay que acostarse. 



-á9 -- ; 

Mi alma tantalizada reposa dulcemente aqtlí, 
olvidando, sin recordarlas jamás, sus rosas, sus 
antiguas ansias de mirtos y de rosas. 

Pues ahora, mientras reposa tan tranquila- 
mente, imagina a su alrededor, una más santa 
fragancia de pensamientos, una fragancia de 
romero mezclado a pensamientos, a sabor ca- 
llejero y al de los bellos y rígidos pensamientos. 

Y así yace ella, dicbosamente sumergida 
en recuerdos perennes de la constancia y de la 
belleza de Annie, anegada en un beso a las tren- 
zaos de Ar.me. 

Tiernamente me abraza, apasionadamente 
me acaricia. Y entonces caigo dulcemente 
adormecido sobre su seno, profundamente ador- 
mido del cielo de su seno. 

Y así reposo tan tranquilamente ei^ mi lecho 
— conociendo su amor — que me creéis muerto. 
Y así reposo, tan serenamente en mi lecho, — 
con su amor en mi corazón, — que me creéis 
muerto, que os estremecéis al verme, creyén- 
dome muerto. 

Pero mi corazón es más brillante que todas 
las estrellas del cielo, porque brilla para Annie, 
abrasado por la luz del amor de mi .ánnie, por 



30 



el recuerdo de los bellos ojos luminosos de mi 
Annie 

1849 



ELDOEADO 



Brillantemente ataviado, un galante caba- 
llero, \iajó largo tiempo al sol y a la sombra, 
cantando su canción, a la busca del Eldorado. 

Pero llegó a viejo, el animoso caballero, y 
sobre su corazón cayó li noclie porque en nin- 
guna parte cneontió la tierra^ del Eldorado. 

Y al fin, cuando le faltaron las fuerzas, pud9 
hallar una sombra peregrina. — Sombra, — 1^ 
preguntó — ^ donde podría estar esa tierra del 
Eldorado ? 

— « Más allá de las montañas de la Luna, en 
el fondo del valle de las sombras; cabalgad, 
cabalgad sin descanso — ^lespondió la sombra, — 
si buscáis el Eldoradu. . . , ». 

1849 



EULALIA 



YÍYÍa sólo en nn mundo de lamentaciones y 
mi alma era una onda estancada, hasta que 
la bella y dulce Eulalia Hegó a ser mi pudorosa 
compañera, hasta que la joven Eulalia, la de 
los cabellos de oro, llegó a ser mi sonriente 
compañera. 

; Ah ! las estrellas de la noche brillan bas- 
tante menos que los ojos de esa radiante niña ! 
Y jamás girón de vapor emergido en un irisado 
claro de luna, podrá compararse al bucle más 
descuidado de la modesta Eulalia, podrá 
compararse al bucle más humÜde y más des- 
cuidado de Eulalia, la de los brillantes ojos ! 

La duda y la pena no me invaden jamás, 
ahora, porque su alma me entrega suspiro por 
suspiro. Y durante todo el dia, Astarté resplan- 
dece brülante y fuerte en el cielo, en tanto que 
siempre hacia ella, mi querida Eulalia¡, levanta 
sus ojos de esposa, en tanto que siempre hacia 
ella mi joven Eulalia eleva sus bellos ojos 
violetas ! . . 

1845 



UN ENSUEÑO EN UN ENSUEÑO 



Eecibid este beso en hi frente. Y ahora que 
os dejo, permitidme por lo menos confesar esto: 
no os agraviéis, vos que estimáis que mis dias 
han sido un ensueño. Entretanto, si la espe- 
ranza se ha ido, en una noche o en un día, 
en una visión o en un sueño, ¿se ha ido menos 
por eso í Todo lo que vemos o nos parece, no 
es sino un ensueño en un ensueño ! 

Me encuentro en medio de los bramidos de 
una costa atormentada por la resaca, y tengo 
en la mano granos de arena de oro. \ Cuan 
poco es ! ; Y cómo se deslizan a través de mis 
dedos hacia el abismo, mientras lloro, mientras 
lloro ! ¡ Dios mió, ¿ no puedo retenerlos en un 
nudo más seguro *? ¡ Dios mío !, ¿no podré 
salvar uno solo del cruel vacio 1 ¿ Todo lo que 
vemos o nos parece no es otra cosa que un 
ensueño en un ensueño ? 

1849 



LA CIUDAD EN EL MAE 



¡ Ved ! La Muerte se lia erigido un trono, 
en lina extraña ciudad que se levanta, solita- 
ria, muy lejos, en el sombrío occidente, donde 
los buenos y los malos, los peores y los mejores 
han ido hacia la paz eterna. Allí los templos, 
los palacios y las torres — ^torres carcomidas 
por el tiempo, y que no tiemblan nunca, — ^no 
se jiarecen en nada a las nuestras. A su alrede- 
dor, olvidadas por los vientos que no las agitan 
jamás resignadas bajo los cielos, reposan las 
a.giias melancólicas. 

Desde el cielo sagrado, ningún rayo desciende 
en la negra noche de esa ciudad; pero un res- 
plandor reflejado por la lívida mar, invade las 
torres, brilla silenciosamente sobre las almenas, 
a lo hondo y a lo largo, sobre las cúpulas, sobre 
las cimas, sobre los x>alacios reales, sobre los 
templos, sobre las murallas babilónicas, sobre 
la soledad sombría y desde largo tiempo aban- 
donada, de los macizos de hiedra esculpida y 
de flores de piedra — sobre tanto y tanto tem- 
plo maravilloso en cuyos frisos contorneados se 
entrelazan claveles, violetas y viñas. 



— 34 — 

Bajo el cielo, resignadas, reposan las aguas 
melancólicas. Las torres y las sombras se con- 
funden de tal modo que todo parece suspendi- 
do en el aire, mientras que desde una torre 
orgullosa,la Muerte como un espectro gigante, 
contempla la ciudad que yace a sus pies. 

Allá los templos abiertos y las tumbas sin losa 
bostezan al nivel de las aguas luminosas; pero 
ni las riquezas que se muestran en los ojos 
adiamantados de cada ídolo, ni los cadáveres 
con sus rientes adornos de joyas, quitan a las 
aguas de su lecho; ninguna ondulación arruga, 
¡ ay de mi ! todo ese vasto desierto de cristal; 
ninguna ola indica que los vientos puedan 
existir sobre otros mares lejanos y más felices; 
ninguna ola, ninguna ola deja suponer que han 
existido vientos sobre mares menos horroro- 
samente serenos. 

Pero, he ahí que un estremecimiento agita 
el aire. Una onda, un movimiento se ha produ- 
cido, allá abajo. Se diría que las torres se han 
bamboleado y se hunden, dulcemente, en la 
onda taciturna, como si las cimas hubieran 
producido un ligero vacio en el cielo brumoso. 
Entonces las ondas tienen una luz más roja, 
las horas transcurren sordas y lánguidas. Y 
cuando en medio de gemidos que no tengan 
nada de terrestres, esta ciudad sea engullida 



- 35 - 

por fin y profundamente fijada bajo la mar, 
todavía, levantándose sobre sus mil tronos, el 
Infierno le rendirá homenaje. 

1845. 



LA DUEMIENTE 



En el mes de Junio, a media noche me encuen- 
tro bajo la mist^'ca luna. Un oscuro vapor de 
opio y de roclo se exhala de su halo de oro, y 
dulcemente, filtrando por la cumbre tranquila 
de la montaña, resbala perezosa y armoniosa- 
mente por el valle universal. El romero se 
adormece sobre la tumba, el lis se inclina ha- 
cia la onda. Envolviéndose en la bruma se 
hunde en el reposo. Ved, como parecido al 
Leteo, el lago parece adormecerse a sabiendas 
y por nada del mundo quisiera despertar. 
Toda belleza duerme. Y ved donde reposa — 
su ventana abierta a los cielos, — ^Irene, con sus 
destinos. 

¡ Oh brillante princesa ! ¿ por qué dejar esa 
ventana abierta a la noche ? Los espíritus ju- 
guetones, desde la alto de los árboles se filtran 
a través de la persiana. Los seres incorpóreos, 
turba de magos, revolotean a través de la cá- 



— 36 — 

mará y liaceu flotai^ las cortinas del dosel, tan 
fantásticamente, tan tímidamente, por encima 
de tu párpado cerrado y frc^.njeado, — bajo el cual 
se esconde tu alma adormecida — que sobre 
el piso, al pie del nmro, sus sombras se levantan 
y descienden como nna roída de fantasmas. 

Querida niña, ¿ no tienes miedo ! ¿ Por qué, 
y con qué sueñas'? Has venido, ciertamen^-.e, de 
mares muj? lejanos; ¿, no eres una maravilla para 
los árboles de ese jardin ! Extraña es tu pali- 
dez, extraño tu vestido, extraña sobre todo, la 
longitud de tus cabellos, y todo este silencio 
solemne. 

i Ella duerme ! Oh ! X3uede que su sueño sea 
tan profundo como durable I; ; que el cielo la 
tenga en su santa guardia. ¡Que esta cámara 
sea transformada en una más melancólica y yo 
rogaré a Dios que la deje dormir para siempre, 
los ojos cerrados, mientras que a su alrededor 
errarán los fantasmas de oscuros velos. 

Mi amor: ¡ella duerme! ; Que su sueño eterno 
pueda ser profundo ! Que los gusanos se desli- 
cen dulcemente a su alrededor ! Que en el fondo 
del, bosque viejo y sombrío, alguna gran 
tumba pueda abrirse para ella, alguna gran 
tumba que haya cerrado otras veces como alas 
sus negros «panneaux» triunfantes, por enci- 



— 37 — 

ma de los estandartes funerarios bordados con 
las armas, de sn ilustre familia; — alguna tumba 
lejana y aislada contra la portada de la cual 
ella haya en su infancia lanzado tantas piedras 
ociosas; — algún sepulcro cu^^a puerta sonora 
no le dcTuelva jamás nuevos ecos, a ella, pobre 
bija del pecado, que en otro tiempo se estreme- 
cía al pensamiento de que fueran los muertos 
quienes le respondiesen gimiendo ! 

i 84o. 



BALABA NUPCIAL 



El anillo está en mi dedo y la corona sobre 
mi frente; be aquí que poseo rasos y joyas en 
abundancia, y en el presente instante soy feliz. 

Y mi Señor me ama bien; pero la primera vez 
que pronunció su voto sentí estremecerse mi 
pecbo, porque sus palabras sonaron como un 
toque de agonía y su voz se parecía a la de aquel 
que cayó durante la batalla en el fondo del Talle, 
y que es dichoso ahora. 

Pero habló de modo de tranquilizarme y 
besó mi frente pálida. Entonces un delirio ^óno 



y me transportó en espíritu al cementerio. Y 
pensando que mi Señor era el difunto Elormie, 
suspiré por , él que estaba delante de mi: ¡ olí 
yo soy dichosa ahora ! 

Asi fueron pronunciadas las palabras, y asi 
fué empeñado el juramento; Y aunque mi fé 
se haya apagado, y aunque mi corazón llegue 
a quebrarse, he ahi la dorada prenda que prueba 
que soy dichosa siempre. 

¡Quiera Dios que pueda despertar! Porque 
sueño no sé cómo. Y mi alma se agita doloró- 
samente en el temor de haber hecho mal, en 
el temor de llegar a saber que el muerto aban- 
donado no es feliz ahora. 

1845. 



EL COLISEO 



¡ Símbolo de la Eoma antigua ! ¡ Suntuoso re- 
licario de sublimes contemplaciones legadas al 
tiempo por difuntos siglos de pompa y de pode- 
río!! Al fin, después de tantos días de fatigante 
peregrmaje y de ardiente sed, — sed de corrien- 
tes de la ciencia que yace en ti, — ^yo, hombre 
transformado, me arrodillo humildemente en- 



— 39 — 

tre tus sombras y bebo del fondo mismo de mi 
alma tu grandeza, tu tristeza y tu gloria. 

; Inmensidad, y edad, y recuerdos de antes ! 
Silencio y desolación y profunda noche ! Os 
percibo abora y os siento en toda vuestra fuer- 
za. ¡Ob sortilegios más eficaces que aquellos que 
el rey de Judea enseñó en los jardines de Getb- 
semaníl ¡ Ob encantos más poderosos que los 
que la Caldea encantada arrancó jamás a las 
tranquilas estrellas ! 

Aquí, en donde cayó un béroe, cae una co- 
lumna ! Aquí, en donde el águila teatral bri- 
llaba, cubierta de oro, el oscuro murciélago 
hace su aquelarre de media nocbe. Aquí, en 
donde la cabellera dorada de las damas roma- 
nas flotaba al viento, se balancean abora el 
cardo y la caña. Aquí, en donde el monarca 
se inclinaba sobre su trono de oro, el ágil y 
silencioso lagarto se desliza como un espectro 
bacía su casa de mármol, al pálido resplandor 
del creciente lunar. 

Pero, oíd. Esos muros, esas arcadas revesti- 
das de hiedra, esos zócalos musgosos, esas co- 
lumnas ennegrecidas, esos vagos relieves, esos 
frisos ruinosos, esas cornisas rotas, ese naufra- 
gio, esa ruina, esas piedras grises, ¡ ay ! ¿ es 
esto todo lo que queda de famoso y de colosal ? 



40 



^ es esto todo lo que las horas corrosivas lian 
perdonado, todo lo que ellos nos lian dejado al 
Destino y a mi ! 

« No. Í^To es todo, — ^ine responden los ecos, — 
no es todo. Voces fuertes y proíéticas se levan- 
tan para siempre en nosotros y en toda ruina 
a la intención de los sabios, pa>recidas a los 
himnos de Memnon al Sol 1 Eeinamos en los 
corazones de los hombres más poderosos; rei- 
namos con despótico imperio sobre todas las 
almas gigantes. No somos impotentes noso- 
tras, pálidas piedras. Todo nuestro poderlo 
no ha desaparecido, — ^ni toda nuestra gloria, — 
ni todo el prestigio de nuestro alto renombre, 
ni todo lo mara^ilUoso que nos circunda, ni 
todos los misterios que moran en nosotros, — 
ni todos los recuerdos que se prenden en nues- 
tros flancos como un vestido, envolviéndonos 
con un manto que es m.ás que la gloria ! 



1833. 



EL GUSAÍíO VEKCEDOE 



; Ved !; es noche de gala en estos últimos 
años solitarios. TJna multitud de ángeles alados, 
adornados con velos y anegados en lágrimas, 
se halla reunida en un teatro para contemplar 
un drama de esperanzas y de temores mientras 
la orquesta suspira por intervalos la música de 
las esferas. 

Actores creados a la imagen del Altísimo, 
murmuran en voz baja y saltan de un lado al 
otro; pobres fantoches que van y vienen a órde- 
nes de vastas creaturas informes que cambian 
la decoración a su capricho, sacudiendo con sus 
alas de cóndor a la invisible desgracia. 

Este drama abigarrado — estad seguro que 
no será olvidado, — con su fantasma perseguido 
siempre por una muchedumbre que no puede 
atraparlo, en un círculo que gira siempre sobre 
si mismo y vuelve sin cesar al mismo punto; 
ese drama en el cual forman el alma de la intri- 
ga mucha locura y todavía más pecado y ho- 
rror ! . . . . 



— 42 — 

Pero ved, a través de la bulla de los acto- 
res como una forma rampante hace su entrada [ 
Una cosa roja, color sanguinolento viene re- 
torciéndose de la parte solitaria de la escena. 
; Cómo se retuerce ! Con mortales angustias 
los actores constituyen su presa, y los ángeles 
sollozan viendo esas mandíbulas de gusano 
teñirse en sangre humana. 

Todas las luces se apagan, todas, todas. 
Sobre cada forma todavía tiritante, el telón, 
como un paño mortuorio, desciende con un rui- 
do de tempestad. Y los ángeles, todos pálidos 
y macilentos se levantan y cubriéndose afir- 
man que ese drama es una tragedia que se- 
llama « El Hombre » de la cual el héroe es el 
Gusano Vencedor ! 

1838. 



A ELEIS^A 



Elena, tu belleza es para mí como esas bar- 
cas niceanas de otro tiempo que sobre una mar 
profunda llevaban dulcemente al viajero, can- 
sado, hacia su ribera natal. 



— 48 — 

Largo tiempo habituado a errar sobre mares 
desesperados, tu cabellera de jacinto, tu clásico 
perfil, tus cautos de náyade me han transpor- 
tado al corazón de aquella gloria que fué la 
Grecia, do aquella grandeza que fué Eoma. 

¡ Oh ! allá abajo, en la espléndida abertura 
de esa ventana, como eres parecida a una esta- 
tua, de pie, tu lámpara de ágata en la mano. 
¡ Oh Psiquis, tu que me has llegado de esas regio- 
nes (lue son la Tierra Bendita ! 

1831. 



A LA CIEÍÍCIA 

Soneto 

I Oh Ciencia ! tu eres la verdadera hija del 
viejo tiempo, tu, cuya mirada indiscreta trans- 
forma todas las cosas ! ¿ Por qué haces tu presa 
del corazón del poeta, oh buitre, cuyas alas son 
las sombrías realidades ? ¿ Cómo podria él 
amarte ? Como te creería sabia si no has 
querido dejarlo vagaren sus ensueños en busca 
de tesoros en el seno de los cielos constelados, 
por más de que hasta allí subiera con ala intré- 
pida ? ^ No has arrancado Diana a su carro, 



44 



y o})ligado a las hamadriadas de la selva a bus- 
car un asilo en alguna otra estrella más feliz í 
•^ Xo has sacado a la náyade de su ola. al elfo de 
su pradera verde y a mí mismo no me lias arre- 
batado mi sueño estival bajo los tamarindos ! 

1829. 



A íiA SES^OEITA * * * 



¿ Que me importa si mi suerte terrestre no 
encierra en mí mismo más que una pequeña 
cosa de esta tierra ! ¿ qué me importa si años 
de amor son olvidados en un momento de odio 1 

lío lloro en forma alguna porque los desola- 
dos sean más dichosos que yo, pequeña, sino 
porque veo que os afligís por el destino de éste 
que no es sino un transeúnte sobre la tierra . . . 

1829. 



A LA SEÑOEITA * * * 



Las umbrías bajo las caales veo, en mis ensue- 
ños, les más traviesos pájaros cantores, son 
labios; y toda la melodía de tu toz no es beclia 
sino por palabras creadas por tus labios. 

De tus ojos, engastados en el santuario ce- 
leste de tu corazón, caen las miradas desoladas 
abora, ; oh Dios I, sobre mi espíritu fúnebre, 
como la luz de una estrella sobre un sudario. 

I Tu corazón, tu corazón 1 Me despierto y 
suspiro y vuelvo a dormirme para ensoñar 
basta el día de la verdad, que el oro, — capaz de 
tantas locuras, — no podrá jamás comprar. 



1829. 



AL EIO 



; Bollo río I en tu clara y brillante onda de 
cristal, agua vagabunda, eres un emblema del 
esplendor de la belleza, un emblema del cora- 



- 46 - 

zón que no se esconde ahora, nn emblema de 
la alegre fantasía de arte en casa de la hija del 
viejo Alberto. 

Pero mientras ella mira en tu corriente, — 
que resplandece y tiembla, ^ por qué el más 
hermoso de todos ríos recuerda a uno de sus 
adoradores *? Es porque en su corazón como en 
tu onda, su imagen está profundamente graba- 
da; en su corazón que tiembla bajo el brillo de 
sus ojos que buscan el alma ! 

1829. 



CANCIÓN 



Te vi en tu día nupcial, cuando un intenso 
pudor invadía tu frente, aunque todo fuera 
alegría alrededor de ti y que, delante tuyo, no 
fuera el mundo sino Amor. 

En la vivificante luz que brillaba en tus ojos, 
— haya sido cual haya sido su esencia, — encon- 
tré todo lo que mi mirada dolorosa pudo ha- 
llar de encantador sobre la tierra. 

Ese pudor no era, quizá, sino pudor virginal — 
pudo muy bien pasar por tal, — aunque su espíen- 



— 47 — 

dor haya hecho nacer una llama más impetuo- 
sa todavía en el seno de aquel que, ; pobre de él I 
te vio en tu día nupcial, cuando tu frente se 
cubría de ese rubor invencible, a pesar de que 
estuvieras rodeada de dicha y que el mundo 
no fuera sino amor ante ti!. 

1827. 



LOS ESPÍEITUS DE LOS MUEETOS 



Tu alma se encontrará sola, cautiva de los 
negros pensamientos de la gris piedra tumbalj 
ninguna persona te inquietará en tus horas de 
recogimiento. 

Quédate silenciosamente en esa soledad que 
no es abandono, — porque los espíritus de los 
muertos que existieron antes que JjXL en la vida, 
te alcanzarán y te rodearán en la muerte, — y 
la sombra proyectada sobre tu cara obedecerá 
a su voluntad; por lo tanto, permanece tranquilo. 

Aunque serena, la noche fruncirá su ceño, 
y las estrellas, de lo alto de sus tronos celestes, 
no bajarán más sus miradas con un resplandor 
parecido al de la esperanza que se concede a 
los mortales; pero sus órbitas rojas, despro 



— 48 — 

vistas de todo rayo, serán para tu corazón mar- 
chito como una quemadura, como una fiebre 
que querrá unirse a ti para siempre. 

Ahora, te visitan pensamientos que no ahu- 
yentarás jamás; ahora surgen ante ti visiones 
que no se desvanecerán jamás; jamás ellas de- 
jarán tu espíritu, pero se fijarán como gotas 
de rocío sobre la hierba. 

La brisa, — esa respiración de Dios, — ^reposa 
inmóvil, y la bruma que se extiende como una 
sombra sobre la colina, — como una sombra cuyo 
velo no se ha desgarrado todavía, — resulta así 
un símbolo y un signo. Como logra permane- 
cer suspendida a los árboles, ese es el misterio 
de los misterios ! 

1827. 



LA EOlMAííZA 



; Oh romanza que gustas cantar, la frente 
adormecida y las alas plegadas, entre las hojas 
verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago 
umbrío, tú has sido para mí un papagayo de 
vivos colores, un pájaro nmy familiar; tú 
me has enseñado a leer mi alfabeto, a bal- 



49 



bucear todas mis primeras palabras, mientras 
que, niño de mirada sagaz, me hundia en hu- 
raños bosques. 

En estos .últimos tiempos, el eterno Cóndor 
de los tiempos ba estremecido de tal modo mi 
cielo hasta en sus alturas, agrandando el tu- 
multo producido por el pasaje y la huida de 
los años, y tengo tan obstinadamente los ojos 
fijos en el inquietante horizonte, que no me 
queda tiempo para mis dulces ocios. 



EL EEIIS'O DE LAS HADAS 

Valles obscuros, torrentes umbríos, bosques 
nebulosos en los cuales nadie puede descubrir 
las formas a causa de las lágrimas que gota a 
gota se lloran de todas partes ! Allá, lunas des- 
mesuradas crecen y decrecen, siempre, ahora, 
siempre, a cada instante de la noche, cambiando 
siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces 
pálidas ellas oscurecen el resplandor de las 
temblorosas estrellas. Hacia la duodécima 
hora del cuadrante nocturno una luna más 
nebulosa que las otras, — de una especie que las 
hadas han probado ser la mejor, — desciende 
hasta bajo el horizonte y pone su centro sobre 



— so- 
la corona de una eminencia de montañas, mien- 
tras que su vasta circunferencia se esparce en 
vestiduras flotantes sobre los caseríos, sobre las 
mismas mansiones distantes, sobro bosques 
extraños, sobre la mar, sobre los espíritus que 
danzan, sobre cada cosa adormecida, y los se- 
pulta completamente en un laberinto de luz. 
Y entonces, ¡ cuan profundo es el éxtasis de 
ese su sueño ! De mañana, ellas se levantan, y su 
velo lunar vuela por los cielos mientras se agi- 
tan como pálido albatros al soplo de la tem- 
pestad que las sacude como a casi todas las cosas. 
Pero cuando las hadas que se ban refugiado 
bajo esa luna de la que se ban ser\ddo,por asi 
decirlo, como de una tienda, la dejan, no pueden 
jamás volver a encontrar abrigo. Y los átomos 
de ese astro se dispersan y se convierten bien 
pronto en una lluvia, de la cual las mariposas 
de esta tierra, que buscan ^en vano los cielos 
y vuelven a descender, — ; cñaturas jamás 
satisfechas ! — ^nos devuelven partículas a ve- 
ces sobre sus alas estremecidas. 



1831] 



EL LAGO 



En la primavera de mi juventud, fué mi des- 
tiao no frecuentar de todo el vasto mundo siao 
un solo lugar que amaba más que todos los otros, 
tanta era de amable la soledad de su lago sal- 
vaje, rodeado por negros peñascos y de altos 
pinos que dominaban sus alrededores. 

Pero cuando la noche tendía su sudario sobre 
ese lugar como sobre todas las cosas, y se agre- 
gaba el místico viento murmurando su melo- 
día, entonces, ¡ oh, entonces se despertaba 
siempre en mí el terror por ese lago solitario ! 

Y sin embargo ese terror no era miedo, sino 
una turbación deliciosa, un sentimiento que 
ninguna mina de piedras preciosas podría ina- 
pirarme o convidarme a definir, ni el amor 
mismo, aunque ese amor fuera el tuyo. 

La muerte reinaba en el seno de esa onda 
envenenada, y en su remolino había una tum- 
ba bien hecha para aquel que pudiera beber en 
ella un consuelo a su imaginación taciturna, pa- 
ra aquel cuya alma desamparada pudiera ha- 
berse hecho un Edén de ese lago velado. 

1827. 



LA ESTEELLA DE LA TAEDE 



Era en el corazón del verano y en medio de 
la noclie. Las estrellas marcliando en sus ór- 
bitas brillaban con nn pálido resplador a través 
de la luz más viva de la fria luna, mientras que 
ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos, 
lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos 
sobre las olas. 

Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado 
fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura 
vino a pasar, semejante a un sudario, y fué 
entonces que me volví hacia ti, Estrella del 
Sur, orgullos a en tu gloria lejana. Y abora 
me será más querida tu luz, porque lo que me 
traes de más magnifícente a través del cielo 
nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo pre- 
fiero tu discreto y lejano resplandor a esa llama 
cercana pero más fría ! 

1827. 



EL DÍA MÁS FELIZ 



El día más feliz, la hora más dicliosa, los ha 
conocido mi corazón agotado y marchito; pero 
siento que iia desaparecido ya mi más alta es- 
peranza de orgullo y de poderío. 

¿ He dicho de poderío ! Sí. Pero desde hace 
largo tiempo, ¡ ay de mí ! se han desvanecido 
los bellos ensueños de la juventud; han pasa- 
do ya: dejémoslos que se desvanezcan ! 

Y tú, orgullo, ¿ qué haré de ti ahora ? Otra 
frente puede bien heredar el veneno que me 
has dado. Que por lo menos mi espíritu perma- 
nezca tranquilo. 

El día más hermoso, la hora más feliz que mis 
ojos hayan visto y hayan podido ver jamás, 
: i más brillante mirada de orgullo y de pode- 
río, todo eso ha existido pero ya no existe; yo 
lo siento. 

T si esa esperanza de orgullo y de poderío 
me fuera ofrecida ahora acompañada de un 
dolor semejante al que experimento, no qui- 
siera revivir esa hora brillante. 



~ 54 — 

Porque bajo su ala llevaba una obscura 
mezcla y mientras volaba, dejaba caer una 
esencia todopoderosa para consumir un alma que 
tan bien la conocía. 

1827. 



IMITACIÓN 



Una ola insondable de invencible orgullo, 
im misterio y un sueño, tal debió parecer mi 
primera edad. Yo añado que ese sueño estaba 
atravesado por un pensamiento buraño, siempre 
despierto, de seres que ban existido, y que mi 
espíritu no bubiera apercibido jamás si los 
hubiera dejado pasar cerca de mi, bajo mi en- 
soñadora pupila. Que ningún otro, acá abajo, 
herede esta visión de mi espíritu, de esos pensa- 
mientos que a cada instante quisiera dominar 
y que se extienden como un hechizo sobre mi 
alma. Porque, al fin, esa brillante esperanza 
y ese tiempo liviauo se han ido, y mi reposo 
terrestre, me ha dejado, él también, con un 
suspiro, al pasar. Entre tanto, no me preocu- 
po de que él perezca con un pensamiento que 
entonces amaba . . . . ! 

1827. 



TRADUCIDOS 



POR 

CÁELOS ARTURO TORRES 



LAS CAMPANAS 

I 

Por el aire se dilata 

alegre campanilleo ... 

Son las campanas de plata 

del trineo ... ' 

; Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía ! 

¡ Qué retintín de cristal 

en el ambiente glacial ! 

Mientras las luces astrales 

que titilan en los cielos 

se miran en los cristales 

de los hielos, 

y sube la nota única i 

como un ágil rima rúnica 

que allá en la noche serena 

va dilatando sus ecos por el último confín, 

y la campanilla suena 

dilín, dilín . . . 

¡ Melodiosa y cristalina 

suena, suena, 

suena, suena, suena, suena 

la nota ágil y argentina 

con metálico y alegre y límpido retintín ! 



II 



¡ Escuchad ! Un dulce coro 
puebla la atmósfera toda: 
son las campanas de oro 
de la boda. 



— 58 — 

¡ Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza 

Su voz como una caricia 

o como un suave reproche 

desgrana en la calma noche 

las perlas de su delicia. 

Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo 

o el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna 

en la dormida laguna vierte miradas de plata, 

y en el éter y en las linfas palpita la serenata . . . 

¡ Y cómo en el aire flota 

la áurea nota ! 

¡ Cómo brota, 

cual dice la dicha ignota, 

en el balsámico efluvio de noche primaveral ! 

¡ Y cuan dulce y cuan sonoro, 

— din dan, din dan — , 

es el coro, 

— din dan, din dan — , 

de la campana de oro, 

que en su lengua musical 

celebrando está el misterio de la noche nupcial 



III 



¡ Turba el nocturno sosiego 

súbita alarma, y entonces 

a gran campana de bronce 

Itoca a fuego ! 

¡ Qué terrífica pavura la siniestra nota augura ! 

Es desesperado ruego 

desgarrador y tenaz 

al rojo elemento ciego 

cada instante más frenético, cada instante más voraz! 

En indescriptible pánico 

el cataclismo volcánico 

con raudo impulso titánico 



59 



avanza, la campanada alarido es de terror; 

sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo 

diciendo 

cuál crece el peligro horrendo, 

cuál se inflama 

la llama, 

y la Luna como forma de sangriento tabernáculo, 

alumbra el rojo espectáculo 

en su fantástico horror. 

y el bronce alarmante clama, 

clama, clama 

como se extiende la injuria 

del incendio y crece en furia, 

y es ya locura el pavor. . . 

Bajo cielos escarlatas se extiende inflamado manto, 

el espanto 

en tanto 

crece, y sigue la campana de su rebato el clamor. 

; Y en ese rebato armígero, 

— dan dan, dan dan — , 

crece el estrago flamígero 

— dan dan, dan dan — , 

al son violento que dan 

las campanas de la torre que tocando a fuego están ! 



IV 



Dobla y dobla lentamente 

negra campana de hierro 

que invita con son doliente 

al entierro. 

j Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos ! 

Del lento y triste sonido 

cada toque, cada nota 

en el vago viento flota 

como doliente gemido, 



— 60 — 

y de la noche en la calma 

el melancólico son, 

siente estremecida el alma 

cual solemne admonición. 

¡ Se desprenden esos dobles lúgubres y funerarios 

de los altos campanarios 

en fúnebre vibración; ' 

en esos dobles alienta algún espíritu irónico 

que a cada nota que zumba, 

con agrio gesto sardónico 

rueda implacable y derrumba 

y oprime con todo el peso de la piedra de una turaba 

el humano corazón ! 

¡ Quienes tañen las campanas de los toques funerales 

no son pobres campaneros, no son sencillos mortales, 

son espectros sepulcrales ! 

¡ Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón ! 

Pausado, implacable, lento 

su toque a cada momento 

resuena como un lamento 

pregonando la hora única 

en extraña rima rúnica, 

y parece que sintiera intenso placer diabólico 

cu este toque simbólico 

de muerte y desolación. 

— Din dan, din don- — , 

— din dan, din don^ — , 

dobla, dobla el son monótono, dobla el toque funeral, 

y el Rey espectro su gozo 

refina en este sollozo, 

en este intenso suspiro 

que en su giro 

remeda el doble augural 

que va recordando al hombre de su existencia el final. 

El toque sigue y no cesa 

y vibra en el alma opresa 



— 61 — 

sordamente como un cuerpo que cayera en una huesa . 

■ — ¡ Din dan, din don — , 

resuena en el corazón, 

— din dan, din don — , 

de la campana que dobla el lento y lúgubre son ! 



ULALUME 

I 

Los cielos cenicientos y sombríos, 
crespas las hojas, lívidas y mustias, 
y era una noche del doliente octubre 
del tiempo inmemorial entre las brumas, 
era en las tristes márgenes del*A.uber, 
el lago tenebroso de aguas mudas, 
ante los bosques tétricos del Weir, 
la región espectral de la pavura. 



II 



A solas con mi alma, recorría 
avenida titánica y obscura 
de fúnebres cipreses . . . con mi alma, 
con Psiquis, alma que. al misterio turba. 
Era la edad del corazón volcánico 
como las Uamas del Yanek sulfúreas, 
como las lavas del Yanek que brotan 
aUá del polo en la región nocturna. 



III 



Pocas palabras nos dijimos, era 

como una confidencia íntima y muda; 

palabras serias, pensamientos graves 



— 62 - 

que la memoria para siempre turban; 
no recordamos que era el triste octubre, 
que era la noche ( ¡ noche infausta y única 
no recordamos la región del Auber 
que tanto conoció mi desventura, 
ni el bosque fantasmático del Weir, 
la región espectral de la pavura. 

IV 

Y cuando la noche ya avanza 
de estrellas al vago tremer, 
al fin de la obscura avenida 
un lánguido rayo se ve, 
fulgor diamantino que anuncia 
de fúnebre velo al través, 
que emerjo de nube fantástica 
la Luna, la blanca Astarté. 



Y yo dije a mi alma: « Más que Diana >^ 
ardiente, aquella misteriosa Luna 
rueda al través de un éter de suspiros; 
lágrimas de su faz una por una 
caen donde el gusano nunca muere. 
Para mostrarnos la celeste ruta 
y el alma imperio de la paz Letea 
atrás dejó al león en las alturas, 
del león las estrellas traspasando, 
del león a despecho, ora nos busca 
y sus miradas límpidas y dulces 
son las miradas que el amor anuncian. » 



VI 



Mas Psiquis dijo señalando al Cielo: 
« La palidez de ese astro me conturba; 
pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso. 

Y de sus alas recogió las plumas 
con intenso terror, y sollozando, 
presa de pronto de invencible angustia 
plegó las alas, hasta el polvo frío 
lentas dejando descender las plumas. 

VII 

Y yo le dije: « Tu terror es vano, 
sigamos esa luz trémula y pura, 

que nos bañen sus rayos cristalinos, 
sus rayos sibilinos que ya auguran 
é irradian la belleza y la esperanza. 
Mira: la senda de los cielos busca; 
sigamos sin temor sus limpios rayos 
que ellos a playa llevarán segura, 
sigamos esa luz limpia y tranquila 
a través de la bóveda cerúlea. 

VIII 

Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola, 
de su mente aparté las inquietudes 
y sus zozobras disipé profundas, 
y convencerla que siguiera pude. 
Llegamos hasta el fin; ¡ ojalá nunca 
llegara ! Al fin de la avenida lúgubre 
nos detuvo la puerta de una tumba 
( ¡ oh, triste noche del lejano octubre ! 
nos detuvo la losa de una tumba, 
de legendario monumento fúnebre. 



— 64 — 

¡ Oh, hermana ! — dije — ¿ Qué inscripción (;onfusa 
en la sellada losa se descubre 1 
Kespondióme: « Ulalume », esta es su tumba, 
¡ la tumba de tu pálida Ulalume ! 



IX 



Quedó mi corazón como ese Cielo 

ceniciento, como esas hojas mustias, 

como esas hojas yertas y crispadas. . . 

¡ Ay ! pensé: el mismo octubre fué, sin duda 

fué en esa misma noclie cuando vine 

al través del horror y de la bruma 

aquí trayendo mi doliente carga . . . 

¡ Oh, noche infausta, infausta cual ninguna ! 

¡ Oh ! i Qué infernal espiritu me trajo 

a esta región fatal de la tristura ? 

Bien reconozco el mudo lago de Auber, 

y esta comarca que el horror anubla, 

y el bosque fantasmático de Weir,^ 

la región espectral de la pavura ! 



ESTRELLAS FIJAS 

( TO HELEN ) 



Te vi un punto; 
era una noche de julio, noche tibia y perfumada, 
noche diáfana, 
de la Luna plena y límpida, 
límpida como tu alma, 
descendían 

sobre el parque adormecido gráciles velos de plata; 
ni una ráfaga 



el infinito silencio 

y la quietud perturbaban? 

en el parque 

evaporaban las rosas los perfumes de sus almas, 

para que los recogieras 

en aquella noche mágica; 

para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban, 

como en una muerte extática; 

y era una selva encantada, 

y era una noche de ensueños y claridades fantásticas ! 

II 

¡ Toda de blanco vestida, 

toda blanca 

sobre un banco de violetas 

reclinada 

te veía, 

y a las rosas moribundas y a ti una luz tenue y diáfana 

alumbraba, 

luz de perla diluida 

en un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas ! 



III 



¿ Qué hado extraño 

( ¿ fué ventura, fué desgracia ? ) 

me condujo 

aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban 

los suspiros perfumados 

de su alma ! 

M una hoja 

susurraba; , 

no se oía 

una pisada, 

todo mudo, - 



— 66 — 

todo en calma, 
todo en sueño 

menos tújyo{ \ cuál me agito al unir las dos palabras I ) 
menos tú y yo. De repente 
todo cambia. 

De la Luna la luz límpida, la luz de jjerla se apaga, 
el perfume de las rosas muere en las dormidas auras, 
los senderos se obscurecen 
expiran las violas castas, 

menos té y yo, todo huye, todo muere, todo pasa . . . 
¡ Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas, 
tus dos ojos donde arde 
tu alma ! 

Y sólo veo entre sombras aquellos ojos . . . 
¡ Oh, amada ! 

¡Qué tristezas extrahumanas, 
qué irreales 

leyendas de amor relatan ! 
¡ Qué misteriosos dolores, 
qué sublimes esperanzas, 
qué mudas renunciaciones 

expresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí 

sus miradas 1 
IV 

I Noche obscura, 

ya Diana 

entre turbios nubarrones hundió la faz platead^; 

y tú sola 

en medio de la avenida 

funeraria, 

te deslizas 

ideal, mística y blanca, 

te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma; 

sólo flotan tus miradas, 

sólo tus ojos perennes» 



— 67 — 

tus ojos de hondas miradas 

fijos quedan ! 

A través de los espacios y los tiempos marcan, marcan 

mi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza. 

¡ Van siguiéndome, 

siguiéndome 

como dos estrellas candidas, 

cual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas ! 

En la noche 

solitaria 

purifican con sus rayos y mi corazón abrasanT.'- 

y me prosterno ante ellos con adoración extática; 

y en el día 

no se ocultan cual se ocultó mi esperanza; 

por todas partes me siguen mirándome fijamente 

en mi espíritu clavadas . . . 

¡ Misteriosas y lejanas 

me persiguen tus miradas 

como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes^ 

como dos estrellas blancas ! 



DEEAMLAND 



En una senda abandonada y triste 

que recorren tan sólo ángeles malos, 

una extraña Deidad la negra Noche 

ha erigido su trono solitario; 

allí llegué una vez; crucé atrevido 

de Thule ignota los contornos vagos 

y al Reino entró que extiende sus confines 

fuera del Tiempo y fuera del Espacio. 



68 
II 



Valles sin lindes, mares sin riberas, 
cavernas, bosques densos y titánicos, 
montañas que a los cielos desafían 
y hunden la base en insondables lagos, 
en lagos insondables siempre mudos 
de misteriosos bordes escarpados, 
gélidos lagos, cuyas muertas aguas 
un Cielo copian tétrico y extraño. 



III 



Orillas de esos lagos que reflejan 
siempre un Cielo fatídico y huraño 
cerca de aquellos bosques gigantescos, 
enfrente de esos negros océanos, 
al pie de aquellos montes formidables, 
de esas cavernas en los hondos antros, 
vense a veces fantasmas silenciosos 
que pasan a lo lejos sollozando, 
fúnebres y dolientes . . . ¡ son aquellos 
amigos que por siempre nos dejaron, 
caros amigos para siempre idos, 
fuera del Tiempo y fuera del Espacio ! 



IV 



Para el alma nutrida de pesares, 
para el transido corazón, acaso 
es el asilo de la paz suprema, 
del reposo y la calma en Eldorado. 
Pero el viajero que azorado cruza 
la región no contempla sin espantos 
que a los mortales ojos sus misterios 
perennemente seguirán sellados, 



69 



así lo quiere la Deidad sombría 

que tiene allí su imperio incontrastado. 



Por esa senda desolada y triste - 
que recorren tan sólo ángeles malos, 
senda fatal donde la Diosa Noche 
ha erigido su trono solitario, 
donde la inexplorada, última Thule 
esfuma en sombras sus cotornos vagos, 
con el alma abrumada de pesares, 
transido el corazón, he paseado... 
¡ He paseado en pos de los que huyeron 
fuera del Tiempo y fuera del Espacio ! 



EL CUERVO 

TRADUCIDO POR J. PÉREL BONALDO 



EL CUEEVO 

Una fosca inedia noche, cuando en tristes reflexiones, 
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones 
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente 

a mi puerta oi llamar: 
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta 

mano tímida a tocar: 
{< Es — me dije — una visita que llamando está a mi puerta: 
' eso es todo, ¡ y nada más ! f> 

I Ah ! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, 
y su espectro cada brasa moribunda en\'iaba al suelo. 
Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura 

procurando en vano hallar 
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora, 

la radiante, la sin par 
virgen pura a quien Leonora las querubes llaman hora 

ya sin nombre ... ; nunca más ! 

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras 
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, 
de tal modo, que el latido de mi pecho palpitante 

procurando dominar, 
<i es, sin duda, un visitante — repetía con instancia — 

que a mi alcoba quiere entrar; 
an tardío visitante a las puertas de mi estancia . . 

eso es todo, ¡ y nada más ! » 

Paso a paso, fuerza y bríos 
fué mi espíritu cobrando: 
« Caballero — dije — o dama: 
mil perdones os demando; 
mas, el caso es que dormía, 
y con tanta gentileza 



74 



me vinisteis a llamar, 

y con tal delicadeza 

y tan timida constancia 

os pusisteis a tocar 

que no oi » — dije — y las puertas 

abrí al punto de mi estancia; 

¡ sombras sólo y 

nada más ! 

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo em- 
peños, 
quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños; 
más profundo era el süencio, y la calma no acusaba 

ruido alguno . . . Resonar 
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella 

hora 
yo me puse a murmurar, 
y que el eco repetía como un soplo: ¡ Leonora ! . . . 
esto apenas, ¡ nada más ! 
A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia 
pronto oí llamar de nuevo — esta vez con más violencia, 
«De seguro — dije — es algo que se posa en mi persiana; 

pues, veamos de encontrar 
la razón abierta y llana de este caso raro y serio 

y el enigma averiguar. 
¡ Corazón ! Calma un instante y aclaremos el misterio . . . 
— Es el viento — y nada más ! » 

La ventana abrí — y con rítmico aleteo y garbo extraño 
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. 
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, 

con aspecto señorial, 
fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta 

de mi puerta el cabezal; 
sobre el busto que de Palas la figura representa, 

fué y posóse — \ y nada más ! 



- 75 — 

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza 
con su grave, torva y seria decorosa gentileza; 
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro 

no eres cuervo nocturnal, 
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla. . . 

Díme: — « ¿ Cuál tu nombre, cuál 
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla ? . . . » 

Dijo el cuervo: « | Nunca más !, » 

Asombrado quedé oyendo asi hablar al avechucho, 
si bien su árida respuesta no espresaba poco o mucho; 
pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura 

que lograse contemplar 
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, 

ave o bruto reposar 
sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, 

con tal nombre: « j Nunca más ! » 

Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, 
sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella 
vinculada — ni una pluma sacudía, ni un acento 

se le ola pronunciar . . . 
Dije entonces al momento: « Ya otros antes se han mar- 
chado, 
y la aurora al despuntar, 
él también se irá volando cual mis sueños han volado. » 
Dijo el cuervo; » ¡ Nunca más I » 

Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, 
« no hay ya duda alguna — dije — lo que dice es aprendido; 
aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte 

persiguiera sin cesar, 
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, 

sus canciones terminar, 
y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo 

de jamás, ¡ y nunca más ! » 



— 76 — 

Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa 
mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa; 
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía 

dime entonces a juntar, 
por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso 

de un pasado inmemorial, 
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso 

al graznar: « ¡ Nunca jamás ! » 

Quedé aquesto, iiive^tlgaiulí; frente al cuervo en honda 

calma, 
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. 
Esto y más — sobre cojines reclinado — con anhelo 

me empeñaba en descifrar, 
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella 

luminoso mi fanal — 
terciopelo cuya púrpura ¡ ay ! jamás volverá ella 
a oprimir — ¡ Ah ! ¡ Nunca más ! 

Parecióme el aire entonces, 

por incógnito incensario 

que un querube columpiase 

de mi alcoba en el santuario, 
perfumado — « Miserable ser — me dije — Dios te ha oído 

y por medio angelical, 
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora 

te ha venido hoy a brindar: 
¡ bebe ! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora. 

Dijo el cuervo: « ¡ Nunca más ! » 

« Eh, profeta — dije — o duende, 
mas profeta al fin, ya seas 
ave o diablo — ya te envíe 
la tormenta, ya te veas 
por los ábregos barrido a esta playa, 

desolado 
pero intrépido a este hogar 



77 



por los males devastado, 
dime, dime, te lo imploro: 
¿ Llegaré jamás a hallar 
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro ? í> 
Dijo el cuervo: « ¡ Nunca más ! » 

« Oh, profeta — dije — o diablo — Por ese ancho combo velo 

de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo 

a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida, 

presa infausta del pesar, 
si jamás en otra vida la doncella arrobadora 

a mi seno he de estrechar, 
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora ! » 

Dijo el cuervo: « ¡ Nunca más ! » 

« Esa voz, 
oh, cuervo, sea 
la señal 
de la partida, 
grité alzándome: — ¡ Retorna, 
vuelve a tu hórrida guarida, 
la plutónica ribera de la noche y de la bruma !. . . 

de tu horrenda falsedad 
en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡ El busto deja ! 

¡ Deja en paz mi soledad ! 
Quitaelpicodemipecho. De mi umbral tu forma aleja. . .» 
Dijo el cuervo: « ¡ Nunca más ! > 

Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura, 
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura. . . 
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, 

las visiones ve del mal; 
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, trunca 

su ancha sombra funeral, 
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota . . . ¡ nunca 

se alzará... nunca jamás! 

FIN, 



índice 

Pág 

Pórlogo de Buhen Darío o 

POEMAS 

Annabel Lee : 25 

A mi Madre 26 

Para Annie 27 

Eldorado 30 

Eiüalia 31 

Un ensueño en un ensueño 32 

La ciudad en el mar 33 

La Durmiente 35 

Balada Nupcial 37 

El Coliseo 38 

El Gusano Vencedor 41 

A Elena 42 

A la Ciencia 43 

A la Señorita 44 

A la Señorita 45 

Al Eio 45 

Canción 46 

Los Espíritus de los Muertos 47 

La Eomanza 48 

El Keino de las Hadas * 49 

El Lago 51 

La Estrella de la Tarde 52 

El Día mas Feliz 53 

Imitación 54 

Las Campanas 57 

Ulalume 61 

Estrellas Fijas 64 

Dreamland 67 

El Cuervo 73 



OBRAS EDITADAS 

Por LA BOLSA DE LOS LIBROS, Calle Sarandí, 441 

Amaro Ñervo. — «Florilegio» (Recopilación) 1 folleto $ 0.20 

— f Soledad».— (Cuento) 1 tomo „ 0.25 

—«Perlas Negras», (Poemas> 1 tomo „ 0. 50 

—«Elevación», » » „ 0.50 

—€ Serenidad», (Poesías) » , 0.09 

— <En Y02 baja» ; , » » „ 0.90 

«Ideas y observaciones filosóficai» (de Tello Téllez) 1 tomo „ O.Sá 

Lasplaces (A.).-— «Literatos Uruguayos Contemporáneos». Prosistas „ 0.88 

Agorio (Adolfo) («Jacob»).— «M Fragua», apulites de la Guerra europea, 1 
tomo, $ 0.40. — «Fuerzq,':y r^eVecho». Aspectos morales de la Cuerra 
Europea, 1 tomo, $ 0.50.— «Xa Sombrad© Europa», nuevos concepto» 

de la Moral, 1 tomo . . .\* . .....: .;...' /. k^. „ 1^.00 

Cruz (Alcides),— «incursión del Generái-^íWtuos^'Éi vera a las Misiones. . „ 0.40 
Bécqner (Gustavo A.). — «K¡iiias»j con «na nota preliminar de Leoncio 

Lasso de la Vega j urTqanto poi^G. del Busto „ U.3Ü 

"Almafaerte" (Pedro Palacio^).— sPoestas»^. con, un e.studio do A Laspla- 

places ; : „ 0.35 

«Nuevas Poesías» y «Kvangélicas», con un estudio del doctor Alfredo 

Alfredo L. Palacios „ O.'j 

Asosta y Lara (Federico "E). — elecciones de I^erecbo Constitucional e 

Instrucción Cívica», 1 tomo „ 1.00 

— «Qomentario de la Constitución T'ruguara de 1918», 1 tomo , 0.30 

—«Porvenir del Derecho público externo. Pe la Justicia internacional». „ 0.40 

Holleman.— «Química inorgánica» (en español) 1 tomo, tela , 6.00 

Sayagués Laso (R.). — «Visteis fiscales», con las sentencias correspon- 
dientes, 3 tomos „ 6.50 

— «La investigación de la paternidad >, 1 tomo, 450 páginas „ 2.00 

— «Cuestiones Jurídicas», 1 tomo do 400 páginas „ 3.00 

Rubén Darío.— «Prosas profanas». c<ni prólogo de Josí- E. Rodó „ 0.35 

«Azul», con prólogo de .7u:in Valora 0.35 

Barrett ( Rafael) --«Diálogos conversaciones y otros escritos » „ 0.35 

Zola ( Emilio) « El Ensueño » 2 tomos „ 0.50 

Roxlo (Carlos). — «El Libro de las Primas» ^ „ 0.35 

Zorrilla (le San Martín (Juan) — «Detalles de Historia Rio Platenso» 1 1. „ 0.50 

— c Tabaré » y « La Leyenda Patria » „ 0.50 

Haeterlinck (Mauricio).— « La Muerto», «La vida de las avcjas», «La 

Inteligencia de las flores » „ 0.35 

Melián Lafinur (Luis) - c La acción funesta do los partidos tradiciona 

les en la Reforma Contitucional » „ O.tO 

Sigílele (?cipio) — «Las Ciencias Sociales y sus aplicaciones». Versión 
castellana de Alberto Lasplaces. Obra recomendada por la Dirección 

do Instrucción Primaria „ 1 .00 

Mas de Ayala (Isidro) -Lecciones de Química inorgánica, 1 tomo de 

160 págs „ 1.20 

Rabindranath Tagore — La luna nueva, 1 tomo „ 0.35 

La nueva Constitución « 0.10 

Poe (Edgard). — Poemas Con un Prólogo de Rubén Darío , 0.30 



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